Bye bye Delhi

Ya desde Madrid y tras unos días de asimilación y descanso, procedo a relataros nuestros últimos días en ese loco y enorme país.

Delhi siguió tan horrorosa y polvorienta como la recordábamos; vómitos y diarreas evitaron que pudiéramos hacer un poco de turismo para ver algo bonito, de modo que nos limitamos a visitar Agra y su inevitable Taj Mahal y a hacer compras de última hora. El calor, la lluvia y el trajín consumieron nuestros últimos días a ambigua velocidad (es decir, muy rápido y muy despacio a la vez).

Tras un emotivo reencuentro con Maria, decidimos comprar los billetes para ir a Agra. Buscamos escusas para cancelarlo y a punto estuvimos, pero finalmente fue irremediable: ida y vuelta en el día. Teníamos 5 horas para ver tranquilamente el famoso mausoleo, sin embargo el tren de ida se retraso algo mas de hora y media y nuestra visita se convirtió en un maratón: regateo, ricksaw, patatas fritas, entrada, cola, control policial, cuatro fotos, regateo, ricksaw, comida junto a la estación, tren de vuelta… Sin embargo, 3 horas y pico fueron mas que suficientes para odiar fervorosamente esta ciudad y pelearnos con mas indios que en las ultimas dos semanas. Agobio y mucho acoso al turista. La entrada del dichoso Taj Mahal: 750 rupias para extranjeros, 20 (¡!) para indios (me parece bien que paguen menos, pero la diferencia es un poco insultante). En el control policial se quedaron con parte de mis patatas fritas (no se puede comer en el recinto), mi navaja multiusos con linterna y brújula incorporadas (lo entiendo, pero la voy a echar de menos, era maravillosa) y mi baraja española (tampoco se puede jugar en el recinto, como si no tuviera otra que hacer vamos… las llevaba para el tren…) Tuvimos poco menos de una hora para dar una vueltecilla y sacar fotos esquivando a los miles de indios que había por ahí, aunque el día estaba gris y algo feo, de modo que no han salido muy lucidas… El Taj Mahal precioso, pero siendo una maravilla del mundo y tras tantas horas de espera y enfado, decepciona. Rocío opina (y estoy con ella) que la Alhambra de Granada es mas bonita… no se, tendré que volver en plan turista rica con guía y autobús climatizado para ver si cambia mi perspectiva…

De Delhi, poco tengo que contaros, tratamos de darnos un lujo occidental yendo al cine a ver una peli americana pero no nos dejaron entrar con la cámara y acabamos en un Mc Donalds comiendo patatas… allí es una pijada de sitio donde solo van indios bien vestidos. Conocimos a un chico de islas Mauricio que parecía normal pero que acabó ofreciéndonos copas y masajes en su habitación de hotel porque “él había nacido para hacer a la gente feliz”… en fin, declinamos educadamente su oferta… Por lo demás, hicimos miles de compras (unas mas que otras) y pasamos los días esquivando los cascotes de nuestro barrio en renovación, odiando Delhi y echando de menos el frescor y el verdor del Himalaya.

Volvimos a Madrid de madrugada, deseando irnos de Delhi, pero queriéndonos quedar en la India. Yo, personalmente, quería volver, llevaba unos días enferma y aquello comenzaba a parecerme una pesadilla surrealista: tratad de visualizaros algo mareados, atontados por la fiebre, caminando por una calle en ruinas, llena de polvo, bajo un sol abrasador, esquivando vacas y motos, mirando al suelo para evitar caer en un socavón o pisar una enorme mierda, sacudiéndote las moscas de encima y respondiendo agotada a cada paso al vendedor de turno que no quieres nada… no se si os lo podréis imaginar, pero os aseguro que estaba agotada…

En el aeropuerto hice con Rocío una lista de las cosas que no íbamos a echar de menos, para volver sin pena y con ganas. Estas son algunas: la nata de la leche, la pelea constante, el miedo a que me roben, el miedo a morir por cascotes, el miedo a morir en cada medio de transporte, los bichos, el Goibi (repelente, te pica y arde todo el cuerpo cuando te lo echas, te rascas, te tocas luego un ojo, y acabásemos… me pasaba todos los días), los timos, el acoso, el picante (esto sólo yo, mi cuerpo acabó rechazando en bloque la comida india), estar sucia, oler mal, la contaminación, las camas duras, la ausencia de papel higiénico (se lavan el culo con agua, no usan papel), sudar, la ausencia de servilletas y los cortes de electricidad (muy frecuentes, se iba la luz y el ventilador dejaba de funcionar: la muerte)

Hicimos también una lista de lo que sí íbamos a echar de menos, sin embargo, dada la proximidad de los hechos, era bastante más corta que la anterior, aunque más trascendente: el shanti shanti (relax relax), la libertad de no tener destino ni planes, la plenitud, los paisajes, la religión, el carácter curioso y generoso de muchos indios, el picante, el baño turco, el chai y la iluminación (en sentido figurado).

La India me recibió con un puñetazo en la cara, me dejó atontada, desorientada y cabreada. Una vez que el dolor del impacto comenzó a remitir, y la hinchazón de los ojos cedió, descubrí un trepidante, abarrotado y desafiante nuevo mundo. No voy a negaros que iba como una tonta en busca de respuestas y soluciones, y tampoco voy a negaros que me enfadé cuando no me las dieron. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas, a medida que sobrevivía pensando sólo en vivir, se me fueron acabando las preguntas y los problemas. Aún no sé si fue la India la que me despertó… o si fui yo quien me reencontré… pero, ¿acaso importa?

Gracias Rocío, gracias María, por haber hecho posible este viaje. Volveremos.

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